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Historias y Curiosidades sobre la Nava. Sierra de las Nieves (II). Una de Bandoleros

Sin duda alguna toda esa porción de territorio donde se asienta La Nava, en el término municipal de Parauta, está llena de historias y curiosidades que la hacen atractiva al senderista, botánico, geólogo, etnógrafo o cualquier otra especie de homínido con algo de sensibilidad natural.

De las muchas salidas que he realizado con mi amigo y compañero de la asociación senderista “Pasos Largos”, Andrés Rodríguez, recuerdo especialmente una que hicimos desde La Nava hasta el nacimiento de Rio Verde, bajando por la Cuesta de Las Lajas; un camino hoy día recuperado tras arduas tareas de limpieza por parte de efectivos de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía. Como iba diciendo, este camino de Las Lajas era la principal vía de comunicación para unir todo el Valle de Río Verde con la meseta de Ronda y Valle del Genal, las dimensiones y hechuras de su trazado confirman dicha aseveración.

Cuando llegamos a la choza de Paco Agüera, un conocido cabrero de la zona que hace unos quesos muy afamados, nos dispusimos a echar un rato de charla con este personaje de la sierra; bien se nota que los medios, (radio, Tv. Prensa) no tienen ninguna vigencia en estos lares, la expresividad de su cuerpo, la riqueza de contenidos en sus frases y la tensión emotiva del acontecer en la historia narrada, pone de manifiesto la importancia de la comunicación boca a boca que aún rige en estos apartados lugares montañosos.

A la tertulia se une Gregorio, el guarda mayor de la zona, Paco se sienta en una pequeña silla de anea y con unas cervecillas bien frescas nos disponemos a oír mil y una historias sobre cosas de la Serranía.

Quizás una de los hechos históricos más atractivos, sea lo que a continuación les cuento, relacionado con un pasaje de la vida bandolera de Flores. Paco lo conoció cuando era niño y recuerda del bandido sobre todo lo tranquilo que era, incluso en situaciones comprometidas.

Cerca de Pto. Capuchino, entre el Alcojona y el Abanto, descansaba el bandolero un día acompañado de su hijo, había encargado al niño que vigilara y él se quedó dormido; por despiste o sueño, el niño no estuvo atento y cuando Flores despertó una pareja de civiles o migueletes, como les llamaba el bandido, estaban muy cerca, tanto que sólo le dio tiempo de coger la escopeta y salir corriendo, dejando allí la canana con munición y al niño.

Con ambos en su poder, los civiles, el cabo Lanzas y el guardia Corbacho, llegaron a la casa de los padres de Paco en la parte alta de río Verde; la madre les puso tres tazas de café, Corbacho le recriminó que pusiera café al hijo de un asesino a lo que respondió el cabo Lanzas, el cual tenía una relación de respeto mutuo con Flores, que el niño no era culpable de lo que fuera el padre; tras el café iniciaron el regreso subiendo por la dura Cuesta de Las Lajas; mientras, Flores que había estado observando, llegó a la casa, tomó también café y por Pto. Capuchino y la ladera del Alcojona llegó al camino de La Nava donde esperó a los guardias y al niño; tras encañonarlos les ordenó que le devolvieran la canana y dejaran libre a su hijo que corrió hacia Igualeja; Flores se separó de los guardias prometiéndoles que por él no se iba a conocer esta historia y si los guardias querían, que la contaran, lo que lógicamente no hicieron.

Otro pasaje de la vida del bandolero, también desconocido hasta ahora, ocurrió en el cortijo de La Cruz. Según nos contó Francisca Domínguez, esposa de Francisco Domín-guez Jiménez, un igualejeño criado en la sierra, con el que tengo una relación de amistad, fruto de nuestras frecuentes tertulias sobre temas relacionados con la Serranía; sucedió lo siguiente: Estaban en el cortijo José Domínguez Moreno y sus hijas, Ana y Francisca que entonces tenía 6 años, calentaban habichuelas cuando apareció “Flores” que entró en la casa y dejó la escopeta y el zurrón en el quicio de la puerta; José le recriminó lo descuidado que era, justo entonces pasaba por la zona una pareja de civiles que viendo la escopeta y el zurrón imaginaron que el bandido se encontraba dentro del cortijo, dieron el alto a lo que Flores respondió con un rápido movimiento que le permitió alcanzar la escopeta y encañonar a los civiles que huyeron despavoridos hacia el río, entre una lluvia de disparos.

Los civiles entre los que se encontraba el número Castilla y otro al que llamaban “Gorbachón” (fue la última víctima del bandolero), subieron hacia el cortijo varias horas después. Mientras tanto, Flores hacía tiempo que se había marchado; los guardias civiles llamaron a José y a las niñas, tomándolos como escudo humano ante el temor de que Flores se encontrara aún en el cortijo. Para justificar tal ridículo los dos números la emprendieron a balazos con la fachada principal de la casa para así poder justificar, al menos, su pobre enfrentamiento con el bandido. Aún son visibles los impactos de los proyectiles en la pared de la casa.

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Artículo de Rafael Flores Domínguez publicado en el número 13 de la revista La Serranía en noviembre-diciembre de 2001.

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